Hace tiempo, mi buen amigo, el escritor peruano Julio Villanueva Chang me habló por primera vez del Niño Compadrito. “Tienes que hacer un reportaje de eso, man. Es una figura a la que le rinden culto en Cuzco, Perú; dicen que es el esqueleto de un niño de 13 años, otros dicen que es un mono, el caso es que miles de personas van a pedirle favores y todos aseguran que funciona”, me dijo.

Meses después, pasé por Lima, Perú, de regreso de Cuzco y Julio me recordó la historia. Para saber un poco más, me regaló un libro que trae todos los detalles sobre este peculiar culto y de cómo llegar al lugar donde se encuentra la venerada figura.

En Cuzco, lo primero que hago es preguntar al recepcionista del hotel por el “Niño Compadrito”. Nada más termino la frase, el hombre abre los ojos como platos y se hace el que no sabe de lo que estoy hablando. Le digo que quiero prenderle unas velas, que siento curiosidad y le doy detalles de la historia que leí en el libro. Eso lo hace ser precavido. Siento que es un asunto clandestino.

“Es una cosa seria, no vaya usted a hacer algo que contradiga los mandatos de su poder”, me dice con un dedo de advertencia. “¿Y cómo podría yo ir en contra?”, replico. “Usted sabrá, debe saber que aquí al Niño Compadrito le rezamos al igual que a Jesucristo”.

Le pregunto por la calle Tambo de Montero. Cede, pues tengo mucha información inequívoca, me abre un mapa de la ciudad y me da las indicaciones para llegar.

Por el camino paro en varios lugares para preguntar si voy bien. Las dos personas a las que consulto nada más con nombrar la calle, hacen un gesto extraño, de que saben a dónde voy. Aún así, no hacen sino señalar hacia delante. “Siga por ahí”, sin dar ningún detalle.

Finalmente doy con la calle. Queda muy cerca de una iglesia y es bastante solitaria. No hay aviso alguno que indique que por ahí cerca pase algo extraordinario. Busco el número 182, pero no hay señal del mismo. Una mujer baja por la empinada calle, me mira desconfiada, no le digo nada, parece adivinar mis pasos. Sin decir palabra me indica una puerta azul a unos pocos metros de donde estamos. Toco el timbre. La puerta la abre alguien con un cordel a distancia.

La leyenda del Niño Compadrito nace en la década de 1960, aunque no existan datos fiables de que sea así. La memoria colectiva de la ciudad suelta detalles contradictorios. Unos señalan que el esqueleto se remonta a la época de los incas, otros, a la Conquista. Lo cierto es que es en 1960 cuando se le empieza a rendir culto; primero en un pequeño cuarto que sólo podía albergar a cuatro o cinco personas. En ese momento, la figura estaba compuesta por pequeños huesos y la pequeña calavera. Más adelante, sin certeza de quién lo hiciera, empezaron a hacerle vestidos, le añadieron dientes y unas canicas azules que simulan los ojos.

Quien maneja la cuerda de la puerta es el señor Juan Letona, un hombre de unos setenta años de edad que actualmente es el custodio de la figura. Le cuento de mis intenciones de tomar fotos y de hablar con algunas personas para saber un poco más de lo que pasa allí. No está de acuerdo. Me dice: “Si usted llega a tomar fotos sin mi permiso, créame que el niñito se le va a aparecer en sueños y no lo dejará tranquilo hasta que venga a pedirle perdón por su intromisión”.

Doy unas vueltas por el lugar. El señor Juan me vigila. Con su dedo me advierte de nuevo de no tomar fotos, murmura para sí mismo algo que no llego a entender. Las velas cuestan 50 soles (unos dos pesos mexicanos) y las hay de muchos colores. “Las rojas son para el amor, las blancas salud, amarillas para el dinero, verdes representan el trabajo, azules los estudios, rosadas para el triunfo, morado son los milagros, anaranjado felicidad y negro justicia. ¿Quiere comprar algunas?”, me dice. Le compro de todos los colores menos negras. Me llaman la atención y voy a preguntarle un poco más sobre su significado y la fe de la gente en ellas cuando me pregunta de dónde vengo. Le contesto que soy venezolano. Parece que se le ilumina la cara y me pregunta: “¿Es usted chavista?” Pienso que mi respuesta puede facilitarme las cosas. Le muestro una foto en mi teléfono celular donde aparezco junto a Hugo Chávez. Como por arte de magia me dice que los chavistas son bienvenidos en su casa y que el Niño Compadrito estaría muy feliz de ser fotografiado por mí. “Tome todas las fotos que necesite, pase, adelante, déjeme presentárselo”.

Pasamos a la pequeña capilla. La imagen del Niño Compadrito es tétrica; el señor Juan parece notar la mueca de temor en mi cara y me dice: “No le tenga miedo, el Niño es bueno, no le va a hacer nada malo”. La figura tiene un traje y una corona, y collares por todos lados. Veo un estante en donde hay cientos de juguetes, “regalos que le hace la gente para que juegue el Niñito”, me dice Juan. Vuelvo sobre la pregunta acerca de las velas negras. Con la cabeza me hace un movimiento hacia una señora que prende unas justo de ese color. “Pregúntele a ella, hoy es viernes, el mejor día para prender las negras”, me anima. La señora toma un pequeño alambre de una esquina del altar y hunde la punta sobre la cera de tres velas escribiendo algo sobre ellas, las enciende al revés y la oigo murmurar oraciones. No sé qué sea lo que esté rezando, pero en una de las estampitas que también están disponibles en la capilla para los adoradores, veo inscrita la Oración del Niño Compadrito:

Te pido niño compadrito por tu inmensa bondad me ayudes a cumplir mis objetivos trazados. Tú que lo puedes todo concédeme por favor esta gracia y esta dicha [aquí se dice el milagro que se quiere, con mucha fe] de ti estoy agradecido por lo que estoy recibiendo de tu bendición, mi Niñito. Gracias, muchas gracias. Amén. [Luego rezas algunas oraciones católicas: tres padres nuestros, tres aves marías y un gloria].

Al rato me acerco, le pregunto su nombre a la señora y la razón de su fe en la encendida de esas velas. “María, para servirle, señor”, me dice. Nos sentamos y miramos ensimismados la imagen del niñito. Empiezo a tenerle simpatía a esa extraña imagen que no quisiera que apareciera en mis sueños, aunque no me molestaría que lo hiciera en los sueños de algunos de mis enemigos. La señora María está allí porque hace poco su marido le puso los cuernos con otra mujer: “Fíjese que desde hace un año tiene una amante, una vecina a la que yo trataba como si nada, y se estaba echando a mi marido”.

“¿Por qué prendió esas velas negras?, ¿qué escribió en ellas?”, le pregunto. “Para que el Niño me devuelva a mi marido, su nombre fue el que puse en las velas”, me responde. “¿Cree que funcionará?”, insisto. “Prenderé todas las velas que sean necesarias”, insiste ella.

Entran otras mujeres en el cuarto. Hablan sobre los milagros que el Niño hace. Una joven dice: “El Niñito me ayudó con un examen de matemáticas que tenía trancada mi graduación, vine a darle las gracias”. Otra vez de impertinente me meto en la conversación y le pregunto si había estudiado. Todas voltean a esperar la respuesta de la joven que con una risa nerviosa dice: “Claro, pero sin la ayuda del Niñito no lo hubiese logrado”. Otra de las mujeres asegura que su hija, que está al lado, se salvó de morir por las oraciones al Niño. “¿Qué enfermedad tenía su hija, señora?”, le pregunto. “No supimos nunca qué fue, pero vomitaba todo y se estaba quedando muy flaca, vine aquí y el niño me la puso a comer y a engordar.

https://es.wikipedia.org/wiki/Ni%C3%B1o_Compadrito

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