La tan esperada crisis estaba cerca, y el país se hallaba al borde de la guerra. El jingoísmo era desmesurado. Los trabajadores japoneses fueron movilizados a la ladera occidental, los estudiantes japoneses evacuaron los colegios y los niños japoneses fueron apartados de los patios de recreo.

Las páginas editoriales se vieron invadidas de candentes frases de patriotismo; los púlpitos tronaron con invocaciones al dios de la guerra y oraciones para que todo lo profano desapareciera. Las compañías de reclutas se formaban y desfilaban con armas de madera; al mismo tiempo, las bandas de guerra sacudían el pulso de la nación. Los regimientos militares, los batallones y compañías separadas de infantería y artillería se ejercitaban, practicaban y desfilaban; mientras tanto, el ejército regular era azuzado a ocupar los puestos y guarniciones de la Costa del Pacífico, y la Armada, en tres divisiones, protegía a Hawai, las islas Filipinas y los puertos más grandes del oeste de Estados Unidos.

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Japón tenía un millón de hombres entrenados, con vehículos para transportarlos y buques de guerra para protegerlos, con la opción de objetivos cuando estuvieran listos para atacar; y estaba presentando un secreto nacional sobre su decisión, irritando a quienes moldeaban la opinión pública y a quienes gustaban del juego limpio. La guerra aún no había sido declarada por ningún bando, aunque el embajador japonés en Washington había salido en secreto en dirección a Europa por un asunto privado, y el embajador de Estados Unidos en Tokio, con varios cónsules y amanuenses dispersos por todo Japón, habían dejado apresuradamente sus puestos por razones relacionadas con el bienestar general.

Esta era la situación cuando las noticias transmitidas desde Manila anunciaron el arribo a puerto, del crucero de exploración Salem, con un cocinero al mando, un fogonero al timón, los motores a cargo de los bomberos y el capitán, los oficiales de vigilancia, ingenieros, marinos artilleros y toda la dotación del buque lesionada con ceguera parcial que, en algunos casos, amenazaba con ser total. El crucero estaba temporalmente fuera de servicio, y su tripulación se encontraba en el hospital; pero para cuando los especialistas hubieron diagnosticado que se trataba de ambliopía, causada por alguna sacudida repentina al nervio óptico —seguida en algunos casos por una atrofia completa que desembocaba en ceguera—, otro buque llegó a Honolulu, con el mismo problema. Al igual que el Salem, a cuatro mil millas de distancia, su dotación había sido repentinamente atacada, y de noche. Aún otro buque de guerra llegó a Honolulu con quinientos hombres ciegos andando a tientas en las cubiertas; entonces el almirante de la estación llamó a todos los exploradores por radio. Vinieron como pudieron, algunos golpeando arenales o bajíos en el camino, y cada uno arrastrándose, incapaz de pelear. El diagnóstico fue el mismo: ambliopía, atrofia del nervio e incipiente ceguera; lo cual, en otras palabras, significaba una creciente disminución de la vista, tendiendo a la ceguera.

Entonces llegaron más noticias de Manila. Barco tras barco llegaban, o eran remolcados, con sus dotaciones ciegas y el trabajo siendo hecho por la cuadrilla negra[3] o los polizones, y cada uno con el mismo reporte, el oscurecimiento gradual de las luces y los contornos a medida que la noche avanzaba, desembocando en ceguera total.y ahora se remarcaba que aquellos que escaparon eran los que trabajaban en las cubiertas bajas, aquellos cuyas tareas los tenían lejos de la cubierta superior y los puestos de armas y reflectores. Además, se sugería que la causa era algún mortífero atributo al que habían sucumbido los norteamericanos; por lo que, debido a su lejanía, la división costera había escapado.

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