monstruos, muertos y dioses oscuros-jose luis cardero lopez-9788403097995El miedo adopta múltiples formas pero surge con la proximidad de algo. El tipo de miedo al que nos referiremos es un poco más sutil, menos concreto. Y seguramente sus cimientos yacen fuertemente anclados en ese oscuro abismo del inconsciente del que nos habla Jung. Cuando lo experimentamos, podemos hablar también de los terrores ancestrales y lo haremos así con justicia, porque, efectivamente, ese especial tipo de miedo representa algo que, al mismo tiempo, es muy humano y que asimismo es también muy anterior a la humanidad.
Cuando experimentamos ese miedo, ese terror ancestral, se está movilizando en nosotros una de las capas más profundas de nuestros recuerdos y experiencias. Y eso es algo que, aunque, a estas alturas de la evolución parece que debería estar ya muy modificado y racionalizado, lo cierto es que casi siempre pone en marcha mecanismos de reacción muy antiguos, que están rozando casi el mundo instintivo y que, en no pocas ocasiones, terminan por invadirlo plenamente, abandonando el campo aparentemente mucho más cultivado y más controlado, de la razón. Nos referimos al miedo que nos hacen experimentar los monstruos, los muertos y los llamados dioses oscuros. Es muy probable que esa sensación (o ese complejo de sensaciones) se haya podido observar desde las edades más alejadas, cuando la conciencia de la humanidad como especie se encontraba todavía en su cuna. Porque, como se verá a lo largo del libro, monstruos, muertos y dioses son una de las representaciones más antiguas y mejor señaladas (consciente e inconscientemente, conjuntamente o por separado) de lo otro, de aquello que está en directa conexión con lo que más adelante se conoció como lo sagrado.
Como los monstruos y los muertos, los dioses habitaban un mundo exterior al ámbito cósmico de los humanos. Como los monstruos y los muertos, los dioses estaban asimismo revestidos de poderes extraordinarios y no siempre bien comprendidos. Como los monstruos y los muertos, los dioses se mostraban muchas veces hostiles al hombre, inasequibles a sus ruegos y oraciones, intratables y despiadados

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