Resultado de imagen de cahokiaCon casi 13 kilómetros cuadrados —según una autoridad en la materia—, fue “sin duda el mayor centro urbano prehistórico al norte de México” (Encyclopedia of North American Indians). Los restos de montículos artificiales que se hallan en la cuenca del Misisipí ofrecen un silencioso testimonio de la floreciente civilización que en un tiempo pobló esas tierras. De hecho, a San Luis se la conoció como Mound City, o “ciudad de los montículos”, antes de que su desarrollo acabara con los veintiséis que había en esa zona.

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Enclave histórico protegido

Algunos indígenas norteamericanos apuntan a Cahokia como el origen de numerosas tribus. El libro The Native Americans señala que “los chickasaw, los semínolas y los choctaw descienden de los constructores de montículos de Misisipí”, y otra prestigiosa fuente incluye a los crics, los cheroquis, los natchez y otras tribus.

En un principio, la localidad contaba con 120 montículos, pero hoy día, tras años de explotación agropecuaria y expansión urbana, solo quedan 80, de los cuales 68 están ubicados en un yacimiento arqueológico de 890 hectáreas.

Desde 1925, Cahokia está protegida como Sitio Histórico del estado de Illinois, y en 1982, la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad por su relevancia en el estudio de las primeras etapas de la historia norteamericana.

¿A qué se debe su localización?

Ya en el año 700 de nuestra era vivían en los alrededores de Cahokia los indígenas de la cultura más reciente de las regiones boscosas, conocida como la tradición Woodland. Pero no fue sino hasta dos siglos después que se construyeron los montículos. ¿Por qué se eligió este emplazamiento? Por la misma razón por la que se fundó la cercana San Luis: en sus proximidades confluían tres grandes ríos —el Misisipí, el Misuri y el Illinois—, los cuales forman una fértil llanura aluvial que los geólogos denominan American Bottom.

Los ríos abundaban en peces y aves acuáticas migratorias, y los bosques, en madera y caza, en especial de ciervos de cola blanca, que constituían una de las principales fuentes de carne. De la cercana meseta Ozark se extraían basalto, ocre rojo, galena, granito y otros materiales. Las praderas eran ricas en gramíneas de tallo alto, con las que se construían las viviendas y demás edificios de una población que posiblemente llegó a superar los 20.000 habitantes. La llanura producía grandes cosechas de maíz, amaranto, calabaza, girasol y otros productos. Los pobladores de Cahokia también recolectaban los frutos de pacanas, zarzamoras, nogales y ciruelos silvestres. Además, los ríos les permitieron establecer amplias redes comerciales en todas las direcciones. Así, en la ciudad se han descubierto conchas marinas procedentes del golfo de México, cobre de los Grandes Lagos y mica de los montes Apalaches.

Vida y creencias de la población

En el centro de información para los visitantes se exhiben figuras a tamaño real de indígenas en sus actividades cotidianas, tales como desollar venados y moler maíz. De hecho, la técnica del cultivo de este cereal, aunada a la disponibilidad de otros recursos naturales, constituyó el principal pilar de aquella civilización.

Un prestigioso arqueólogo llamó a Cahokia “la Jerusalén de Norteamérica”, pues al parecer, la religión impregnaba todo el entramado social. Otra fuente acreditada afirma que “en su edad de oro (1000-1150 E.C.), Cahokia poseía una teocracia sumamente centralizada”. Los hallazgos indican que para sus habitantes, los conceptos de religión y sociedad eran inseparables. Según el libro Cahokia—City of the Sun (Cahokia, ciudad del Sol), “en su mundo se contraponían diversas fuerzas: la luz y la oscuridad, el orden y la anarquía, el bien y el mal (con sus respectivas recompensas y castigos)”.

Los miembros de esta cultura amerindia creían en el más allá y honraban a sus difuntos —sobre todo a los de la clase alta— con complejos ritos. Algunos montículos (conocidos como túmulos) contenían una tumba y tal vez cumplían una función similar a la de las pirámides faraónicas.

Una visita a los montículos

Examinemos los montículos más de cerca. Aunque los tamaños y formas varían, todos se hicieron con tierra —un millón y medio de metros cúbicos en total— que se acarreó al lugar en cestos.

Existen tres tipos de montículos: terraplenes rematados en cresta, que tal vez sirvieran para marcar cierta ubicación, aunque algunos albergan tumbas; cónicos, probablemente empleados también como túmulos funerarios; y en plataforma (de entre 1 y 30 metros de altura), que sustentaban en la cima diversas edificaciones, tales como templos, sedes de los consejos o viviendas de grandes personalidades.

Nos detenemos en el montículo 72, construido sobre tres túmulos menores. Con sus 43 metros de largo, 22 de ancho y casi dos de alto, no es de los mayores, pero contenía una cantidad increíble de enseres que arrojan luz sobre la vida en Cahokia. En su interior se enterró a quien debió de ser un destacado jefe, a juzgar por los casi veinte mil abalorios de conchas del golfo de México sobre los que yacía. Además, lo acompañaban un sinfín de ofrendas funerarias, como 800 puntas de flecha, quince piedras cóncavas que se usaban en juegos o deportes indígenas, gran cantidad de mica y un rollo de cobre. Se encontraron también restos de otras 300 personas —en su mayoría mujeres jóvenes—, muchas de ellas posiblemente sacrificadas.

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Si cruzamos la plaza central en dirección norte, llegamos al montículo de los Monjes, llamado así por los monjes trapenses que vivieron en la zona a principios del siglo XIX, quienes de hecho cultivaron un huerto en esta elevación, la mayor del lugar. Se trata de una pirámide truncada con cuatro terrazas superpuestas, cuya construcción, realizada en catorce fases, se ha datado entre los años 900 y 1200 de nuestra era. La base del montículo, que supera las seis hectáreas, es “mayor que la de las pirámides de Egipto y México”. Con sus 30 metros de alto y 300 de largo, es la mayor construcción terrera realizada en la América precolombina. En el lado sur hallamos una larga rampa que conduce a las terrazas y que, como han revelado las excavaciones, en realidad era una escalinata.

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Quienes no pertenecían a la nobleza tenían prohibido subir a la cima, coronada por la gran residencia del gobernante de Cahokia, un jefe conocido como Gran Sol. “Allí —señala la obra CahokiaCity of the Sun—, el soberano y sus sacerdotes oficiaban ritos, recibían a los emisarios del interior y administraban y vigilaban su dominio”, sin perder nunca de vista las sedes de los consejos, los graneros, los almacenes de provisiones, las saunas primitivas, los osarios, las viviendas y otros edificios de la comunidad.

También se divisaba la valla de más de tres kilómetros que rodeaba la ciudad. Tenía bastantes torretas y fue reconstruida en tres ocasiones, cada una de las cuales requirió 20.000 árboles. Algunos arqueólogos opinan que era tan solo una barrera social, pero seguramente también cumplía fines defensivos. El enigma es saber quiénes eran sus enemigos.

Otro misterio es el abandono de la ciudad para el año 1500. No faltan hipótesis, pero hasta la fecha, las excavaciones no reflejan ninguna epidemia, invasión o catástrofe natural. Puede que varios factores, como el cambio climático y la deforestación, se combinaran para provocar sequías, hambres y agitación social.

A juicio de algunos científicos, la ciudad adoleció de muchos de los males sociales endémicos de las urbes modernas: contaminación, superpoblación, problemas con la basura e incluso conflictos civiles. Ahora bien, la ausencia de testimonios directos nos deja con un buen número de interrogantes.

Se ha especulado bastante sobre el origen de esta civilización, y los entendidos no coinciden en sus conclusiones. Francis Jennings, director emérito de la Newberry Library Center for the History of the American Indian, está convencido de que en fechas muy antiguas hubo colonos mesoamericanos que llevaron tanto el maíz como su arquitectura al valle del Misisipí. “Es obvio —escribe— que los colonos de Mesoamérica superaron comercialmente a las tribus indígenas del valle del Misisipí, a tal grado que, vistos en un mapa, parecerían un gran imperio. Trajeron consigo la costumbre de construir pirámides truncadas y de coronar con templos y edificios gubernamentales las plataformas más elevadas.”

Con todo, Jennings admite que todavía existe un sinnúmero de lagunas. “Aunque los arqueólogos discuten si los indígenas del Misisipí eran en realidad colonos mexicanos y le dan muchas vueltas al asunto, no ofrecen ninguna alternativa verosímil.”

George E. Stuart señala en su libro Ancient Pioneers—The First Americans: “Para muchos arqueólogos e historiadores del arte, los montículos de plataforma, con su cuidadoso trazado en torno a plazas, [así como algunos artículos de cerámica,] demuestran una clara influencia —aunque tal vez indirecta— de Mesoamérica, a lo que hay que sumar las variedades de maíz y frijoles halladas en los yacimientos”. Sin embargo, el propio autor siembra la duda: “No se ha descubierto en todo el sudeste ni un solo objeto de innegable fabricación mesoamericana”. De modo que persiste el misterio: ¿quiénes influyeron en los habitantes de Cahokia? ¿Colonos de Mesoamérica? Quizá el tiempo y la arqueología despejen algún día la incógnita.

Otra peculiaridad de Cahokia son unos “círculos perfectos constituidos por postes colocados a intervalos regulares sobre una superficie plana” (National Geographic, diciembre de 1972). En vista de su parecido con el antiguo calendario solar de Stonehenge (Inglaterra), esta formación recibe el nombre de woodhenge, término en el que se sustituye stone (piedra) por wood (madera).

Una de estas estructuras —que en opinión de algunos autores correspondían a observatorios solares— ha sido reconstruida: se trata de una circunferencia de 125 metros de diámetro formada por 48 enormes postes de cedro rojo. Los maderos están “alineados en base a los puntos cardinales, de modo que un poste que no forma parte del perímetro permite que el observador se oriente desde dentro para ver los puntos por donde salía el Sol en los equinoccios y solsticios del año 1000 de nuestra era”.

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